Cuando acompañamos a un equipo —o cuando lideramos uno— no siempre intervenimos desde el mismo lugar. En el trabajo con equipos conviven distintos roles posibles: liderazgo, facilitación, consultoría, formación o coaching de equipos. Cada uno responde a una lógica de intervención distinta y genera conversaciones diferentes dentro del sistema.
- El liderazgo orienta decisiones y resultados.
- La formación desarrolla capacidades y aporta marcos conceptuales.
- La consultoría ofrece conocimiento experto y recomendaciones.
- La facilitación cuida los procesos de interacción y diálogo.
- El coaching de equipos abre espacios para que el propio equipo observe sus dinámicas y genere sus propias respuestas.
Por eso, tener claridad sobre el rol desde el que intervenimos no es un detalle menor: define el tipo de relación que establecemos con el equipo y el impacto que generamos en el sistema.
Sin embargo, la práctica real rara vez es tan nítida. Como señala Javier Ruiz en el libro Coaching de equipos: Enfoques y resultados de una disciplina en desarrollo, una de las tendencias emergentes en este campo es la hibridación de roles y funciones.
En la práctica, muchos profesionales transitan con fluidez entre distintos lugares: coach, facilitador, consultor o incluso mediador. Esta flexibilidad no implica renunciar a la claridad de roles. Al contrario, responde a una comprensión más realista de los contextos organizativos, donde los desafíos que afrontan los equipos son complejos y requieren intervenciones ajustadas al momento del proceso y a las necesidades del sistema.
Ahora bien, esta hibridación exige una doble competencia. Por un lado, dominio técnico de distintos enfoques y marcos de intervención. Por otro, una responsabilidad ética: ser capaces de explicitar desde qué rol estamos actuando, nombrar los desplazamientos entre roles y gestionar con transparencia las expectativas del equipo y de la organización.
Porque lo que genera confusión no es cambiar de rol, lo que genera confusión es no nombrarlo. Como señala Francesca Nogales en uno de sus posts en Emana: Una persona coach sistémica también sabe que hay momentos en los que se sale del rol. Y que hacerlo no es un problema, siempre que se haga de forma consciente y explícita.
Puede haber momentos en los que convenga ofrecer una mirada más consultiva, o introducir un marco formativo, o facilitar una conversación desde otro encuadre. Pero lo importante es nombrarlo para no confundir.
Desde Emana llevamos tiempo trabajando estas distinciones. En el libro Apuntes para una formación desde la práctica – Coaching de Equipos incluimos un cuadro comparativo que ayuda a distinguir distintos roles: formador, consultor, facilitador, coach individual y coach de equipos. No para encasillar la práctica. Sino para ayudar a reconocer desde dónde estamos acompañando a los equipos y qué impacto tiene cada posición en la dinámica del sistema.
Ahora bien, aquí aparece algo profundamente humano. Algo que solemos expresar con una frase sencilla: la cabra tira al monte. Es decir, nuestra trayectoria profesional nos predispone.
Si venimos del mundo de la formación, tendemos a explicar.
Si venimos de la consultoría, tendemos a diagnosticar y proponer soluciones.
Si venimos del liderazgo, tendemos a orientar decisiones.
Si venimos del coaching individual, tendemos a preguntar.
Nada de esto es un problema. El desafío aparece cuando esa tendencia se convierte en automatismo. Cuando intervenimos desde ese lugar no porque el equipo lo necesite, sino porque es donde nos sentimos más cómodos. Y entonces pueden aparecer cegueras profesionales. Porque cuando miramos siempre desde la misma disciplina, dejamos de ver partes del sistema. El coaching sistémico de equipos nos invita precisamente a ampliar la mirada: a observar no solo a las personas, sino los patrones de relación, las dinámicas que se repiten y las tensiones que emergen en el sistema.
Por eso, uno de los aprendizajes más profundos en este camino no tiene que ver con herramientas. Tiene que ver con nuestra propia capacidad de situarnos, de revisar nuestros hábitos profesionales, de soltar automatismos. Y de preguntarnos, una y otra vez: ¿Desde qué rol estoy interviniendo ahora? ¿Qué necesita realmente este equipo en este momento? ¿Estoy respondiendo al sistema… o a mi zona de confort?
Porque crecer en el trabajo con equipos implica, a veces, atrevernos a salir de nuestros montes conocidos. Los antiguos cartógrafos medievales, cuando dibujaban mapas de territorios aún inexplorados, escribían en sus bordes: « Hic sunt dracones” “Aquí hay dragones.» Era su forma de nombrar lo desconocido. En el desarrollo profesional ocurre algo parecido. Todos tenemos territorios seguros: nuestras metodologías, nuestras disciplinas, nuestras formas habituales de intervenir. Pero acompañar equipos de verdad implica, en ocasiones, atreverse a entrar en esas zonas donde creemos que hay dragones. No para abandonar lo que sabemos hacer bien, sino para ampliar nuestra mirada.
Porque cuanto más conscientes somos del lugar desde el que intervenimos, más capacidad tenemos para elegir lo que el sistema realmente necesita.

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