En los años sesenta, Guy Debord advirtió que la realidad estaba siendo sustituida por un espectáculo: una representación artificial que nos alejaba de la experiencia directa. Hoy, seis décadas después, veo cómo ese espectáculo se ha vuelto todavía más envolvente y sofisticado. Las realidades inmersivas, el marketing emocional, las burbujas algorítmicas, el gaslighting masivo y el relativismo absoluto han creado un entorno en el que muchas personas ya no confían en lo que sienten, ven u oyen. Poco a poco, perdemos contacto con lo real, con lo verdadero, con lo correcto. Y esto, inevitablemente, genera una forma de locura personal y colectiva.
Ante esta situación, propongo dos prácticas que pueden parecer opuestas, pero que en realidad se necesitan mutuamente y convergen en un mismo propósito: restaurar nuestra cordura y nuestra capacidad de estar en el mundo de forma lúcida.
1. Recuperar lo real: volver a confiar en la experiencia
La primera práctica consiste en sumergirnos deliberadamente en la realidad tal como se presenta, sin filtros ni intermediarios. Es volver a caminar con los sentidos despiertos, prestar atención a las texturas, los sonidos, los colores y los cuerpos presentes. Es entrar en contacto directo con la naturaleza, con la mirada del otro, con la vida cotidiana tal como ocurre. Al hacerlo, comenzamos a recordar que lo que percibimos tiene valor, que nuestros sentidos nos dicen algo verdadero sobre nosotros, sobre los demás y sobre el mundo.
2. Tomar distancia: recuperar nuestra capacidad de comprender
La experiencia directa, sin embargo, no basta. Puede ser intensa, incluso adictiva, y perderemos perspectiva si nos quedamos únicamente en ella. Por eso la segunda práctica pide distanciarnos de nuestra propia experiencia. Este alejamiento permite reconocer patrones, estructuras, narrativas y supuestos que condicionan nuestra forma de interpretar la realidad. Aquí recurrimos a la filosofía, la ciencia, la teoría de sistemas y, sobre todo, al contacto con personas que no piensan ni pueden pensar como nosotros. Esa diferencia es necesaria para distinguir entre la realidad real y la realidad fabricada.
Dos prácticas que se encuentran en un mismo punto
Aunque una práctica nos acerca al mundo y la otra nos invita a tomar distancia, ambas se necesitan y se sostienen mutuamente. La inmersión en lo real nos conecta con otros y nos recuerda nuestra humanidad compartida. La distancia reflexiva nos permite analizar, cuestionar, crear hipótesis y actuar con mayor claridad.
Seguir estos dos caminos sumergirse en la experiencia y, a la vez, tomar perspectiva nos permite restaurar tanto la cordura individual como la colectiva, y recuperar un sentido claro de lo que es real, verdadero y adecuado.

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