En la literatura académica y profesional, distintas corrientes han intentado nombrar un mismo fenómeno desde ángulos diferentes. A veces se habla de narrativa organizativa, otras de relato organizacional, de relatos de sentido o de narrativa corporativa.
Los nombres cambian según el enfoque, pero todos apuntan a lo mismo: el relato es la forma en que una organización construye sentido compartido sobre lo que es, lo que hace y lo que le ocurre.
No se trata de etiquetas ni de modelos que haya que aplicar, sino de distintas maneras de señalar una realidad que está presente en cualquier organización, se trabaje o no de forma consciente.
1. El relato no es comunicación: es sentido
Las organizaciones no funcionan solo con estructuras y procesos. Funcionan porque las personas interpretan lo que pasa.
El relato es lo que permite que esa interpretación no sea puramente individual o fragmentada. Conecta hechos dispersos, da continuidad temporal a lo que ocurre y ayuda a entender por qué se toman determinadas decisiones, especialmente en contextos complejos o ambiguos.
Por eso el relato atraviesa (aunque no siempre se nombre) los procesos de cambio, el ejercicio del liderazgo, la identidad organizativa y la cultura.
No es un producto comunicativo ni un mensaje bien formulado. Es un proceso cognitivo y relacional.
2. El relato siempre existe (aunque no se trabaje)
No existe la ausencia de relato. Existe el relato que se trabaja y el que se deja a su suerte.
Cuando no se atiende, el relato aparece fragmentado, se llena de interpretaciones parciales, rumores o cinismo, y cada área acaba construyendo su propia versión de lo que ocurre.
Cuando se trabaja, no se vuelve perfecto ni uniforme, pero sí más compartido, más honesto y más útil para orientarse.
El relato no se inventa. Se revela y se ordena.
3. Relato≠ historia bonita≠marketing
Aquí conviene hablar claro.
El storytelling comercial busca persuadir.
El relato organizacional busca comprensión y coherencia.
Por eso un relato trabajado no elimina tensiones, no evita conflictos ni disimula contradicciones. Tampoco simplifica en exceso lo que, por naturaleza, es complejo.
Un relato sólido no es el más positivo. Es el que resulta creíble y habitable para quienes están dentro.
4. El relato se construye desde la experiencia vivida
El relato no surge de una formulación teórica ni de un discurso bien escrito. Emerge de la experiencia real de la organización: de conversaciones, decisiones, momentos críticos, crisis y aprendizajes.
Se articula a través de palabras, símbolos, prácticas cotidianas y también de silencios, que a menudo dicen más que los mensajes explícitos.
Por eso el relato no se define desde un despacho ni se “implanta”. Requiere escucha, lectura del sistema, tiempo y contraste de miradas.
5. Relato y cambio: inseparables
En los procesos de transformación, el problema no suele ser que las personas se resistan al cambio, sino que no entiendan qué historia están viviendo.
Cuando no hay relato, el cambio se experimenta como arbitrariedad, se pierde confianza y aumenta la desafección.
El relato no elimina la dificultad de las decisiones, pero permite comprender su sentido, conectar pasado y futuro y situarse en el proceso.
6. Relato y liderazgo
Liderar implica, en gran medida, sostener un relato creíble.
No en forma de discurso, sino a través de la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, de la capacidad de nombrar lo que ocurre y de ofrecer un marco cuando la situación es ambigua.
Cuando el liderazgo no puede (o no quiere) nombrar, otros lo hacen. Y el sistema se desordena narrativamente.
7. Para qué sirve, en términos concretos
El relato organizacional sirve para ordenar la experiencia, generar sentido compartido, alinear acción y discurso y hacer comprensible la complejidad sin traicionar lo que se vive.
No es un complemento ni un adorno. Es infraestructura invisible.
Síntesis final
El relato organizacional es el proceso mediante el cual una organización interpreta lo que vive, conecta hechos y decisiones, da sentido a los cambios y hace compartible su experiencia, dentro y fuera de la organización.
Por María Carrascal y Teresa Rebate

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