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¿Aún piensas que las pantallas nos alejan? ¿Y si esto no fuese así?

por | 5/10/2020

Emana - Espacio de formaciones para profesionales y empresas

Desmontemos nuestras propias creencias.

La semana pasada os hablaba sobre la creencia de que, en los equipos virtuales, la separación geográfica no es el factor determinante que crea distancia entre las personas trabajadoras. ¿Entonces, por qué tenemos esa sensación de abismo en los equipos? ¿Qué nos ha pasado?

Lo que nos ha pasado es que hemos dado un doble salto mortal, me atrevería a decir que con tirabuzón, hacia la digitalización, y no de manera voluntaria, sino forzada por el primer confinamiento y la pandemia. Lo hemos hecho sin disponer, en muchos casos, de la tecnología adecuada, del conocimiento sobre cómo funciona el medio digital, y sus herramientas y, en mayor o menor medida, sin las competencias necesarias. Y la sensación ha sido de profunda incomodidad, cansancio, bloqueo, sensación de aislamiento y una percepción de que nuestras competencias en presencial ya no estaban disponibles.

Hemos atribuido las causas de esos efectos al medio virtual cuando, en realidad, tienen más que ver con nuestro desconocimiento y falta de manejo del trabajo en remoto.

Necesitamos desmontar nuestras creencias y adecuarnos al nuevo medio.

Parece entones que necesitamos suspender las creencias construidas a partir de nuestras sensaciones para solucionar asuntos relativos a la disposición de la tecnología y herramientas adecuadas y al conocimiento del medio: ¿Qué claves tenemos que manejar para trabajar en remoto? ¿Cómo funciona el medio? ¿Cuál es su lenguaje?

Una segunda cuestión, una vez solventada la primera, es que trabajar en remoto no es lo mismo que hacerlo en presencial porque, efectivamente, estamos separados.

Cuando hay distancia física se nos plantea el reto de cómo mantener comunicaciones efectivas. Los seres humanos funcionamos en base a la comprensión de expresiones faciales y del lenguaje del cuerpo. Si no estamos en presencial no podemos utilizar estos sentidos para decodificar las intenciones de la otra persona o interpretar sus reacciones. Las cámaras distorsionan las caras y no nos permiten percibir los cambios más ligeros en la expresión. Tampoco reaccionamos de manera natural.


Entonces, ¿qué necesitamos saber de la otra persona para interpretar lo que le dice?, ¿qué necesita saber la otra persona de nosotros para saber lo que le decimos?

Existen maneras de recuperar el contexto de las personas con las que nos comunicamos en virtual, verlas como seres humanos completos y distintos a mi, con una vida antes y después de la conexión. Pero debemos hacer un esfuerzo por recabar esa información.

Pero ¿cómo hemos reaccionado en muchos casos?

A lo largo de estas semanas me he encontrado situaciones que se alejan de esa necesidad de leer mejor el contexto, más bien todo lo contrario. Nos dejamos arrastrar por esa sensación de incomodidad, de distancia, de desconexión que vivimos con las pantallas y mantenemos reuniones lo más cortas posibles, justo el tiempo necesario para tratar los temas requeridos enfocados exclusivamente en la tarea, para salir rápidamente de la reunión.

Esto genera a su vez una mayor desconexión, más distancia y mayor incomodidad. Y una corroboración de las creencias previas:

“¿Ves?, ya te lo decía yo. Esto es insostenible.”

¿Qué nos está faltando? ¿Cómo podemos dejar de alimentar esta dinámica?

En los indicadores de desempeño de las organizaciones es la Distancia Física la que menor impacto genera en la Distancia Virtual; mientras que el mayor impacto lo recoge la Distancia de Afinidad.

Recordamos que la Distancia de Afinidad se refiere a todo aquello que bloquea la formación de relaciones profundas a lo largo del tiempo, construidas sobre valores compartidos e interdependencias humanas. Aquí se listan algunas de ellas:

  • el desconocimiento de lo que la gente valora en su vida y en su trabajo,
  • el “olvido” de que somos personas distintas y nos manejamos con diferentes estilos comunicativos,
  • la falta de familiaridad o desconocimiento que tenemos de las personas con las que trabajamos,
  • la ausencia de reconocimiento de las contribuciones de las personas,
  • la sensación de falta de un destino común, de un propósito compartido,
  • el desconocimiento de las interdependencias entre personas, equipos, departamentos, procesos,
  • la ausencia de responsabilidad compartida por los resultados.

En definitiva, todo aquello que reduce la afinidad, la cohesión, la corresponsabilidad, el sentido de pertenencia en equipos y organizaciones; todo lo que dificulta la construcción de un espacio de confianza en la que construir interacciones significativas necesarias para mantener nuestro bienestar y la efectividad de nuestro trabajo.

Vamos, que esto de la Distancia de Afinidad no es nuevo…

Ahora bien, esta Distancia de Afinidad no es exclusiva del trabajo en remoto. También se produce en el trabajo presencial, en la medida en que trabajemos con un enfoque casi exclusivo en la tarea. De hecho, es en lo que me vengo focalizando desde hace años. Lo que ocurre es que en el trabajo en remoto se acentúa lo que ya nos venía pasando en presencial.

Así que la Distancia de Afinidad es, sigue siendo, nuestra asignatura pendiente, tanto en presencial como en virtual. ¿De qué manera la podemos reducir? Porque si lo hacemos, la distancia física dejará de ser un problema y las pantallas dejarán de ser una excusa.

Todo esto que hoy os he contado es lo que vamos a trabajar en el curso que propone Emana “Trabajo en remoto; cómo reducir la Distancia Virtual”. Trabajaremos con todas estas preguntas, compartiendo reflexiones y experiencias, e identificando soluciones y herramientas que nos ayuden a aprovechar las posibilidades y oportunidades que ahora se nos abren.

Espero que ahora, al menos, esa creencia que muchas personas traíamos, tú también la hayas desmontado.

Foto de Pixabay

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