Hay momentos históricos en los que el clima de fondo cambia, casi sin darnos cuenta, y de pronto muchas prácticas que parecían incuestionables pasan a verse como ingenuas o fuera de lugar. El presente (2026) tiene algo de eso. La polarización creciente, el endurecimiento de los discursos y la tentación de respuestas autoritarias para afrontar problemas complejos dibujan un escenario de aparente involución. La promesa es conocida: orden, claridad, fuerza. El coste, también: simplificación, exclusión y pérdida de matices.
Vemos cómo se extiende un estilo de liderazgo basado en decisiones unilaterales, desprecio por los equilibrios institucionales y un lenguaje de vencedores y vencidos. No se trata solo de un país o contexto concreto. Es un clima más amplio, que legitima la idea de que los problemas se resuelven imponiendo, no pensando juntos. Que la fuerza sustituye al diálogo. Que la complejidad estorba.
Cuando la polarización entra en la organización
Las organizaciones no son burbujas aisladas. Son sistemas vivos, abiertos, profundamente permeables al contexto social. Por eso, esta polarización no se queda en la puerta de la oficina: atraviesa los equipos, transforma el clima relacional y deja huella en la forma de trabajar juntos.
Aparecen señales conocidas. El empobrecimiento del diálogo, con conversaciones más defensivas y menos curiosas. La dificultad para sostener el desacuerdo, que pasa a vivirse como amenaza personal o identitaria. El silencio prudente: mejor no decir, no preguntar, no exponerse. La atención se estrecha; escuchamos menos y juzgamos antes. En lugar de ver a la persona con la que trabajamos, vemos una etiqueta, una posición, un “bando”.
En este contexto, prácticas como cuidar la conversación, trabajar el conflicto de forma productiva, construir relaciones entre diferentes o sostener espacios de reflexión compartida —todo aquello que en Emana practicamos y promovemos— pueden parecer contraculturales. Incluso ineficientes. ¿Para qué parar a escuchar cuando “hay que decidir”? ¿Para qué abrir matices cuando se pide alineamiento rápido?
Y, sin embargo, lo que observamos en los equipos es otra cosa. Cuanto más se impone la lógica de la fuerza, más se erosiona la confianza. Cuanto más se acelera la decisión, más se empobrece la calidad del pensamiento. Cuanto menos espacio hay para el desacuerdo elaborado, más crecen los conflictos soterrados, los silos y el desgaste relacional.
Habitar la paradoja: claves para no claudicar
Aquí aparece la paradoja que atravesamos. Trabajar hoy desde una mirada humana, sistémica y relacional puede parecer ir a contracorriente. Pero quizá no sea una contradicción, sino una respuesta adaptativa a un contexto regresivo.
Algunas claves que vemos emerger con claridad:
- Reivindicar el diálogo como práctica estratégica.
No como buenismo, sino como capacidad organizativa. Los equipos que saben conversar bien piensan mejor, deciden con más criterio y sostienen mejor la incertidumbre. - Diferenciar conflicto de polarización.
El conflicto bien trabajado es fuente de aprendizaje. La polarización, en cambio, bloquea. Ayudar a los equipos a transitar desacuerdos sin caer en la descalificación es hoy una competencia crítica. - Cuidar la atención.
Crear espacios donde sea posible escuchar sin responder de inmediato, comprender antes de juzgar. En tiempos de ruido, la atención compartida es un acto profundamente regenerativo. - Liderar desde la mediación, no desde la coerción.
El liderazgo que hoy sostiene a los equipos no es el que impone, sino el que protege el espacio para pensar juntos, incluso cuando hay tensión o miedo. - Volver a la tarea como suelo común.
Hacer bien el trabajo, con rigor y sentido, puede convertirse en un punto de encuentro entre personas con miradas muy distintas del mundo.
Tal vez la pregunta no sea si este enfoque encaja con los vientos actuales, sino si podemos permitirnos prescindir de él. Cuando la tentación autoritaria gana terreno, acompañar equipos desde la escucha, la conciencia sistémica y el diálogo no es una huida. Es una forma de resistencia lúcida. Y, sobre todo, una apuesta por organizaciones más vivas, más pensantes y más humanas en tiempos que parecen empujar justo en la dirección contraria.

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