He pasado muchos años (¿quizá demasiados?) en comunidades, grupos y organizaciones que funcionaban por consenso: muchas reuniones, muchas conversaciones, muchos conflictos. Una amiga y yo teníamos una broma recurrente. Cada vez que alguien empezaba a hablar diciendo: “Es que tengo que decir esto…” o “Tengo que decir algo…”, nos mirábamos y, sin decir una palabra, movíamos los labios: “No, no tienes por qué”.
La broma era que contenerse no siempre es algo malo. De hecho, pensábamos que a algunas personas les vendría bien inhibirse un poco más. Y, en realidad, al grupo también. No todo impulso de hablar merece convertirse en palabras.
Lo irónico es que yo no era mejor que las personas sobre las que bromeaba. Hablaba a menudo. Interrumpía. Pensaba en voz alta. No diría que me paraba demasiado a revisar mis impulsos. De hecho, normalmente me dejaba llevar por ellos.
Mirando atrás, veo que caí en una trampa de comportamiento habitual en muchos grupos: como nadie era “la persona líder”, nadie nos sentíamos responsables de la calidad del trabajo del grupo. Nos comportábamos como hermanos que se pelean: entre iguales, al mismo nivel, con libertad para decir lo que quisiéramos.
En los grupos de iguales ocurre algo curioso. Nuestra identidad cambia. En lugar de poner el foco en el grupo ¿Qué necesita este grupo?, lo ponemos en nuestra propia posición: ¿Cómo consigo transmitir mi punto de vista? ¿Me han escuchado? ¿Estoy perdiendo influencia? ¿Tengo que defender mi posición?
Sin darnos cuenta, dejamos de identificarnos con el éxito del grupo y empezamos a identificarnos con el lugar que ocupamos dentro de él. La misión acaba sacrificándose en favor de las dinámicas sociales.
Cuando nadie asume conscientemente la responsabilidad sobre la eficacia del grupo, es fácil que la conversación se convierta en una competición: por el tiempo para hablar, por las ideas, por marcar la dirección. Pensamos en voz alta y dejamos a las demás personas el trabajo de averiguar a dónde queremos llegar. Volvemos a abrir decisiones justo cuando están a punto de tomarse. Interrumpimos. Nos vamos por las ramas. Al poco tiempo, todo el mundo está participando, pero nadie está liderando realmente.
Pero que un grupo no tenga una persona al mando no elimina la necesidad de liderazgo. La distribuye.
Y esto es cada vez más importante. Los retos a los que se enfrentan hoy las organizaciones son, cada vez más, demasiado complejos para que pueda resolverlos una sola persona o una única disciplina. Requieren que personas con conocimientos y experiencias diferentes piensen juntas. Al mismo tiempo, las organizaciones llevan décadas reduciendo niveles jerárquicos. Cada vez se toman más decisiones a través de la colaboración, la influencia y los equipos interfuncionales, y no únicamente a través de la jerarquía.
Y quizá sea precisamente ahí donde el poder se manifiesta de una de las formas más difíciles de manejar: no en el liderazgo formal, sino en la vida cotidiana de los grupos. La capacidad de liderar sin estar al mando puede convertirse en una de las habilidades de liderazgo más importantes.
Ojalá hubiera entendido esto hace años. Ojalá hubiera aprendido a parar y preguntarme:
- ¿Estoy hablando porque el grupo necesita escuchar esto o porque yo necesito decirlo?
- ¿Estoy ayudando a que la conversación avance o simplemente estoy expresándome?
- ¿Es este el momento adecuado?
- ¿Estoy aportando mi energía al grupo o lo estoy desbordando con ella?
Y ojalá hubiera aprendido también a hacer esas pequeñas cosas que ayudan a que los grupos funcionen:
- Asegurarme de haber escuchado antes de dar mi opinión.
- Ayudar al grupo a recuperar el hilo cuando la conversación se dispersa.
- Ayudar al grupo a distinguir cuándo estamos generando ideas, cuándo estamos debatiendo y cuándo estamos tomando una decisión.
- De vez en cuando, decidir no hablar, simplemente para dejar espacio a otra persona.
Parece increíblemente sencillo, y lo es. Pero resulta difícil hacerlo cuando estamos entre iguales, porque es mucho más fácil pensar como participante que actuar como alguien que se siente responsable del conjunto.
Mirando atrás, eso es lo que me habría gustado comprender hace tantos años: que cualquier rol dentro de un grupo conlleva poder; liderar consiste, sencillamente, en elegir utilizar el tuyo al servicio del conjunto.
Gracias por leerme.
Julie

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