Estas primeras semanas de curso he hablado con algunas personas que han cerrado, antes de lo que imaginaban, una etapa larga en sus organizaciones. En alguna de esas conversaciones había un cierto regusto amargo.
Y me ha hecho pensar de nuevo en la metáfora de las carreras de relevos, en cómo terminamos las etapas y en lo difícil que puede ser cuidar esos momentos. No es fácil para quien se va, pero tampoco necesariamente para quien se queda y toma el testigo.
La forma en que se produce una salida también afecta a quienes se quedan.
Cuando alguien se marcha no se mueve solamente un puesto. También se mueven relaciones, reconocimiento, poder, historia compartida y pertenencia.
De la misma manera que cuidamos mucho cómo incorporamos a alguien a una organización, quizá deberíamos prestar una atención parecida a cómo le ayudamos a salir de ella.
No siempre podemos evitar que una salida sea dolorosa, ni todos los finales pueden ser cómodos. Pero sí podemos preguntarnos qué necesita ese momento para reconocer lo construido y permitir que una etapa termine sin que quien se marcha sienta que, al dejar su función, desaparece también de la historia.
Dejar de ocupar un lugar no significa dejar de pertenecer.
Una persona puede dejar de dirigir, de decidir o de trabajar en una organización y seguir formando parte de aquello que ha permitido construir.
Y esto requiere un movimiento delicado: reconocer profundamente su contribución y, al mismo tiempo, hacer posible que esa persona deje un lugar que ya no le corresponde ocupar.
Se puede reconocer todo lo que alguien ha aportado sin que tenga que seguir participando indefinidamente en la toma de decisiones. Dejar una función tampoco debería significar borrar lo que hizo.
Y justo ahí aparece otra pregunta.
Cuando alguien deja un lugar, ¿qué hacemos con todo lo que queda?
Cuando hemos dedicado muchos años a construir un proyecto, liderar un equipo o desarrollar una organización, no siempre resulta fácil distinguir qué pertenece realmente al proyecto y qué pertenece a nuestra forma personal de haberlo construido.
Con el tiempo se mezclan el propósito y los productos, los valores y las costumbres, la cultura y nuestra manera de tomar decisiones. Incluso podemos confundir la experiencia acumulada con la idea de que sabemos cuál es la mejor manera de hacer las cosas.
Por eso, cuando llega un relevo, hay una pregunta que me parece fundamental:
¿Qué queremos realmente que continúe de todo lo que hemos construido?
Hay conocimiento, relaciones, compromisos y aprendizajes que merece la pena cuidar. Y también hay procedimientos, estructuras, productos o formas de organizarse que fueron útiles en un momento determinado y quizá ya no responden al contexto actual.
Todo relevo contiene, de alguna manera, esa tensión entre continuidad y renovación.
Si queremos conservarlo todo, corremos el riesgo de pedir a quien llega que reproduzca nuestra etapa. Si queremos cambiarlo todo, podemos perder parte de aquello que hizo posible llegar hasta aquí.
Quizá por eso una buena conversación de relevo debería incluir tres preguntas bastante sencillas:
¿Qué queremos conservar?
¿Qué necesitamos transformar?
¿Qué podemos dejar terminar?
Me gusta especialmente esta última expresión: dejar terminar.
Podemos dejar algo atrás y reconocer que una determinada forma de hacer las cosas fue útil, incluso decisiva, y aceptar al mismo tiempo que ha cumplido su función. También podemos reconocer el lugar que una persona ha tenido en una organización sin necesitar que siga ocupándolo para demostrar que fue importante.
Quizá ahí esté una parte esencial del relevo: honrar lo que ha sido sin obligarlo a permanecer.
Y vuelvo entonces a la carrera de relevos.
Cuando pasamos el testigo podemos transmitir experiencia, historia, relaciones, aprendizajes, errores y mucho conocimiento acumulado. Si podemos preparar la salida, tenemos además la oportunidad de compartir por qué tomamos determinadas decisiones, qué señales aprendimos a mirar y qué cosas nos ayudaron a llegar hasta aquí.
Podemos transmitir experiencia y, sobre todo, criterio.
Pero no podemos entregar el siguiente tramo ya decidido.
Quien recibe el testigo tendrá que correr su propia carrera. Cambiarán el contexto, las personas, las preguntas y seguramente también algunas de las respuestas.
Quizá un buen relevo consista precisamente en conseguir que algo importante continúe sin necesitar que continúe exactamente igual.
Pasamos el testigo, no nuestra manera de correr.

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