Durante años hemos afinado nuestra capacidad para intervenir en organizaciones y equipos a través del análisis. Hemos aprendido a observar estructuras, relaciones, flujos de información y tensiones entre objetivos y roles. Esa mirada ha permitido identificar patrones antes invisibles y poner palabras a dinámicas complejas. Sin embargo, en muchos procesos aparece una paradoja conocida: entendemos mejor lo que ocurre y, aun así, el sistema no se transforma. Al cabo de cierto tiempo, vuelve a operar como antes, el cambio no se sostiene.
Quizás el límite no esté en la calidad del pensamiento, sino en el lugar desde el que intervenimos. Los sistemas sociales cambian de forma profunda y sostenible cuando logran conectarse y percibirse a sí mismos: cuando reconocen cómo se relacionan, qué climas los atraviesan, qué tensiones sostienen y qué posibilidades laten bajo la superficie. Ese tipo de cambio no se produce solo al comprender el sistema, sino al vivirlo juntos de otra manera.
El riesgo de un uso difuso de “lo sistémico”
En el lenguaje profesional, sistémico se ha convertido en una palabra comodín y ambigua. A veces alude a la posición de un equipo dentro de un sistema organizativo mayor; otras, a los patrones internos de relación y poder; otras, a la complejidad de coordinar tareas y resultados con múltiples actores. Todas estas miradas son valiosas, pero no equivalentes. Cuando no las diferenciamos, también se confunden las formas de intervención y las expectativas sobre lo que puede cambiar.
La implicación centrada en el pensamiento
La mayoría de las intervenciones sistémicas actuales se apoyan en una implicación centrada en el pensamiento y, en todo caso, en la emoción que acompaña a ese pensar: análisis, conversación, reflexión compartida, toma de conciencia. Esta dimensión no debe minusvalorarse. Permite identificar patrones ocultos, nombrar conflictos latentes y generar sentido. Su límite aparece cuando la comprensión no se traduce en movimiento: el sistema “sabe” más, pero sigue actuando igual.
Ver no es lo mismo que sentirse
Comprender un sistema desde fuera no equivale a experimentarlo desde dentro. Los sistemas sociales no son solo estructuras funcionales; son experiencias compartidas. Tienen un interior colectivo: memorias, emociones, ritmos, miedos y aspiraciones que no siempre se expresan en palabras. Cuando esta dimensión queda fuera de la intervención, el sistema tiende a reproducir lo conocido, incluso con mayor lucidez.
De la implicación cognitiva a la presencia integrada
Ampliar la intervención implica pasar de una implicación centrada en el pensamiento a una presencia integrada. No se trata de pensar menos, sino de estar más presentes: percibir lo que ocurre en el cuerpo, atender al espacio relacional, sostener el no saber y permitir que emerjan gestos y acciones desde ahí. Es un cambio de postura: de observar el sistema como objeto a participar conscientemente en la experiencia de ser ese sistema.
El cuerpo como acceso al interior colectivo
Incorporar el cuerpo al trabajo organizativo no significa expresar emociones individuales, sino abrir una vía de acceso al interior colectivo del sistema. A través del cuerpo emergen formas de conocimiento distintas y complementarias:
- un conocimiento en primera persona, ligado a la experiencia directa;
- un conocimiento en segunda persona, que aparece en la relación;
- y, de manera especialmente relevante, un conocimiento en cuarta persona: la conciencia del campo compartido, de lo que se siente “entre” las personas y no pertenece a nadie en particular.
Este tipo de conocimiento no es difuso ni metafórico. Se manifiesta en sensaciones de bloqueo o apertura, en impulsos de movimiento, en la percepción de distancia, peso o vitalidad. Permite que el sistema se observe a sí mismo desde dentro y reconozca patrones que no estaban disponibles para el pensamiento analítico.
Arawana Hayashi ha sido muy clara al respecto: trabajar con el cuerpo no es más “blando”, es más exigente. Obliga a acercarse a lo que duele sin perder presencia, a sostener el miedo a sentir en contextos profesionales y a evitar la banalización de estas prácticas. No todo el mundo está preparado, ni todo contexto es adecuado. Precisamente por eso, avanzar requiere crear espacios con madurez, contención y una ética clara de no manipulación.
Resistencias comprensibles y confusiones habituales
Las resistencias a esta ampliación son legítimas. Muchas organizaciones asocian rigor con control y distancia. Además, pueden haber existido (y existen) experiencias previas de trabajo corporal o emocional mal integrado, vivido como desconectado del reto real o incluso alienante. Estas vivencias generan rechazo y refuerzan la idea de que abrir estas dimensiones implica perder foco. Distinguir entre prácticas profundas y propuestas descontextualizadas resulta clave.
Sistémica encarnada, campo social y aprendizaje transformador
Hablar de una sistémica encarnada implica reconocer el campo social: el espacio invisible pero real que condiciona lo que es posible pensar, decir y hacer. Intervenir desde una presencia integrada abre el sistema a experiencias de aprendizaje transformador.
No se trata solo de adquirir nuevas ideas, sino de cambiar la forma de percibir, relacionarse y actuar. Al re-presentar situaciones reales en toda su complejidad —volver a vivirlas juntos— el sistema puede hacerlas evolucionar hacia futuros compartidos.
Para concluir
Conocer e intervenir sistémicamente desde una presencia integrada —“en los huesos”— no es abandonar el pensamiento, sino ampliarlo. Es traer las situaciones reales con toda su complejidad para sentirlas, comprenderlas y transformarlas desde dentro. En tiempos de policrisis y desafíos complejos, quizá la tarea más responsable sea atrevernos a enriquecer nuestras formas de intervención, creando contextos donde el sistema pueda, por fin, sentirse a sí mismo y encontrar movimientos nuevos.

0 comentarios